El gallo guardián de Rimsky-Korsakov (1907-1909)

Por María Zozaya
El gallo es un animal de pelea. Con el suyo, Nikolai Rimsky-Korsakov ganó una guerra simbólica, pero sin dañar sus plumas.

Tomando como hilo conductor los sueños que parten de una fábula de Pushkin (1), Korsakov termina recreando la esencia popular oriental rusa (2), haciendo crítica al sistema zarista del 1900. Consiguió llamar a las cosas por su nombre, pero ayudado por una nebulosa simbólica que podía confundir discretamente algunos fines de su reprobación.  Ésta fue tan voraz que tardó dos años en estrenarse desde su composición en 1907, pese a lo cual consiguió pasar los límites de la censura (3), probablemente por su planteamiento ingenuo y casi pueril.

Sólo dos personajes son reales, el resto, todo espejismos.

La historia gira en torno a la palabra dada, que reclama indirectamente el derecho de la ley escrita,  haciéndose eco de la democracia que se asentaba en Europa desde el siglo XIX (y probablemente de las palabras igualitarias del padre masón de Korsakov (4).

Algunos de los elementos de la historia conducen a la muestra de las contradicciones del sistema político que criticaba. El propio zar se queja del peso de su corona, lamentando que cuando él pensaba dejar las armas, precisamente era atacado por sus vecinos y sus lógicas de frontera. Esto era una proyección que aludía a las repercusiones de la guerra de Rusia contra Japón (1904-1905), que resolvía en una crítica justificativa que se consuma en sus propias palabras “si uno mira las cosas de cerca, cada vez asustan más”, tal vez premonitorias del destino del régimen zarista.

En un contexto de crítica política clara, donde tampoco falta la apología hacia el padrecito de los siervos de la gleba (que tal vez le permitió pasar la censura), se mezclan varias representaciones simbólicas a través de los personajes principales. El gallo es el guardián, tanto de una tierra como probablemente de los sueños de la nación rusa a la altura del 1900, tierra que necesita despertar, como su zar Nicolás II.

El mago, quien regala el gallo al zar, es el primer soñador. Por un lado sólo quiere en recompensa el amor, porque la riqueza y el rango afirma que sólo crean enemigos. Podían ser alusiones al sueño liberal de la Europa Romántica, haciendo un alegato hacia la caída del Antiguo Régimen, con la que precisamente acaban el mago y su gallo.

En la trama es esencial el azar, pues en el camino del autócrata hacia la guerra se cruza una zarina caprichosa.

Esta busca hombres “que no sean simples sombras que se desvanezcan cuando  se de la vuelta”, y un concretamente uno “que ponga límites a su corazón”, que se traducen probablemente en el freno de las ansias de conquista. La zarina se encuentra con aquel hombre despótico a quien deja ensimismado con la espuma de su voz, y le espeta “Si estás enamorado, goza de cada instante de felicidad… te gusta mi canción?…” (“pues es un sueño” -podemos deducir-). Tras aquel encuentro, el zar pasa, de liderar guerras innecesarias desde su cama (miembras soñaba que el rey es quien gana la partida de ajedrez), a salir con un yelmo oxidado y sobre un caballo con ruedas con el que termina ganando batallas a reyes de copas, picas, tréboles y diamantes, como dice su progenitora irónicamente.

Vídeo: José Luis Téllez, conferencia sobre el Gallo de Oro, Teatro Real

En términos musicales, esta pieza magnífica que se representa en el Teatro Real de la Ópera de Madrid, es una de las grandes obras de este representante del grupo de los cinco.

Con ella, Korsakov consiguió casar el oriente ruso  con el gusto europeo de principios de siglo, y no en vano logró que pasase al repertorio de las principales salas. La puesta en escena y figurinos de Laurent Pelly es sencilla y espectacular al mismo tiempo , revelando la cantidad de efectos que se pueden conseguir con un simple raíl o una grúa elevadora polivalente. La iluminación de Joël Adam colorea el cuadro perfecto, heredero en apariencia del mundo kabuki al que probablemente quieren remitir de manera intencionada por aquella relación con oriente y concretamente con Japón de la época. El elenco consigue traer la magia que quiso comunicar Rimsky-Korsakov,  y concretamente destacan con luz propia Venera Gimadieva (zarina) y el timbre de Alexander Kravets (mago astrólogo), que además de Sara Blanch (gallo) y otros, consiguen generar un ambiente de cuento donde no se percibe lo que es real y lo imaginado, ni siquiera el final donde estos tres mencionados se revelan como lo único que ha existido sobre el escenario, eliminando a los zares de un plumazo simbólico.

 

Referencias:

(1) Basada en una novela popular rusa, El bosque viejo, que fue impresa en 1834 (en principio demostrado en 1933 que era de “La leyenda del astrólogo árabe”, de los Cuentos de la Alhambra de Washington Irving, ver nota 4) .  Aleksandr Pushkin, El Cuento del Gallo dorado , Gadir, 2008.

(2) Arnold C. Schonberg, Los grandes comopositores, Barcelona, Ma Non Troppo, 2007, p. 460.

(3) Nikolaj Rimskij-Korsakov, Mi vida y mi obra (1844-1906), Bruno del Amo, 1934, p. 267.

(4) José Luis Téllez, “Conferencia sobre el Gallo de Oro”, Teatro Real, Madrid.

Sugerencia de cita de esta crítica:

María Zozaya, “El gallo guardián de Rimsky-Korsakov”, Teartres, 2444-7374, 27-05-2017.

Gallo avisador (kazoo), Lisboa, colección particular. Foto: María Zozaya
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